Musica
Cincuenta años de una ópera en seis minutos: la eternidad de Bohemian Rhapsody
Han pasado cincuenta años desde que un piano se alzó contra todas las reglas. Era 1975, y el rock comenzaba a endurecerse, a buscar himnos simples y guitarras ruidosas.
Pero una noche de octubre, en una radio británica, se escuchó algo que nadie supo cómo clasificar: una balada triste, una ópera delirante, un estallido de guitarras, un réquiem y una fiesta. Era Bohemian Rhapsody, de Queen. Y desde ese día, la música popular ya no volvió a ser la misma.
Freddie Mercury había concebido la canción como un pequeño universo. No tenía estribillo, ni una estructura convencional. Duraba casi seis minutos, una eternidad para los estándares de la radio. Pero lo que parecía una locura se convirtió en un acto de libertad artística. “Era una canción para no pedir permiso”, diría años más tarde Brian May.
En el estudio de grabación, A Night at the Opera se transformó en una obsesión. Durante tres semanas, Mercury, May, Roger Taylor y John Deacon construyeron la pieza capa por capa: armonías imposibles, coros que evocaban un teatro barroco, guitarras que imitaban a las trompetas.
Se cuenta que el ingeniero Roy Thomas Baker llegó a decir que las cintas se transparentaban de tanto rebobinar y grabar. Bohemian Rhapsody nació de ese exceso, de una ambición que pocos músicos se atrevían a tener.
El título mismo parecía un acertijo. “Bohemian” por el espíritu libre, “Rhapsody” por la forma musical fragmentada, hecha de emociones súbitas. Mercury nunca explicó del todo el significado de su letra —ese extraño relato de un joven que confiesa un crimen y se despide del mundo—, pero su ambigüedad es parte de su poder. Medio siglo después, aún debatimos si es una metáfora sobre la culpa, la identidad o la muerte. Tal vez sea todo eso a la vez.
La discográfica EMI no quería lanzarla como sencillo. Seis minutos eran impensables para la radio. Fue un DJ londinense, Kenny Everett, quien cambió el destino de la canción: recibió una copia de prueba y la pasó en su programa casi completa, rompiendo las reglas del formato. El público la pidió una y otra vez. En pocas semanas, Bohemian Rhapsody era número uno en Reino Unido. Su videoclip —grabado con efectos simples pero ingeniosos— se convirtió en una pieza pionera del video musical, años antes de MTV.
El impacto fue inmediato y duradero. Los críticos se rindieron, los oyentes se obsesionaron. En una década dominada por lo predecible, Queen había entregado algo inclasificable: un himno que no se podía cantar igual dos veces.
Con el paso de los años, Bohemian Rhapsody se volvió parte del imaginario colectivo. En 1992, resurgió gracias a la película Wayne’s World, cuando dos amigos la coreaban dentro de un auto, con la cabeza moviéndose al ritmo del “Galileo Figaro!”. La escena convirtió a la canción en símbolo de complicidad y libertad.
Y en 2018, la biopic Bohemian Rhapsody devolvió a Freddie Mercury al centro del escenario, recordándonos que su voz —ese instrumento imposible— sigue siendo inimitable.
Cincuenta años después, la pieza sigue generando asombro. En las plataformas digitales, supera el billón de reproducciones; en los conciertos, el público canta cada palabra; en las escuelas de música, se estudia como una lección de riesgo creativo. Pocas canciones han atravesado generaciones con tanta fuerza.
Más allá de su técnica, hay algo profundamente humano en Bohemian Rhapsody: la búsqueda de identidad, la confesión ante uno mismo, la belleza del exceso. Freddie Mercury hizo lo que pocos artistas logran: convirtió lo personal en universal, lo inusual en eterno. “¿Esto es la vida real? ¿O es solo fantasía?”, se pregunta el inicio de la canción. Medio siglo después, la respuesta sigue siendo incierta. Pero mientras esas palabras s…



















